Talento: ¿se hace o se nace?

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Sergio Cuevas · 2 comentarios
Si has escuchado y creído alguna vez que el talento es algo con lo que se nace, te invito a leer este artículo. Puede que no vuelvas a ver el talento con los mismos ojos.

Somos los que hacemos día a día, la excelencia no es un acto, es un hábito. Aristóteles

La sabiduría que atesoraban los griegos no ha sido jamás igualada ni superada en épocas posteriores.

Los pensadores de la antigua Grecia, tomados como referencia del inicio del pensamiento occidental, suponen más bien el cúlmen o el inicio de la decadencia.

Como dijo el matemático inglés Alfred N. Whitehead, “toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía platónica”.

Aristóteles hablaba de un concepto que hoy en día parece que estamos olvidando, del hábito como origen del talento.

El talento es un producto, no una condición previa

Hoy en día se ha generalizado la falacia de que el talento es barato.

El talento en bruto es tan barato como la sal de mesa, pero muy pocos explotan sus condiciones naturales para convertirlas en verdadero talento. ¿Por qué?

El talento verdadero es la máxima expresión del genio, no una condición previa.

Es el diamante pulido y tallado con constancia y esfuerzo. El talento verdadero requiere carácter, no naturaleza.

La visión que tenemos hoy del talento o la excelencia como algo puramente innato refleja nuestra falta de voluntad y autodeterminación.

La creencia de que el talento es innato nos sirve para no esforzarnos por dejar de lado a la mediocridad.

Nos aporta la comodidad, la indefensión y el regocijo propios de uno de los peores victimismos.

Nos apena nuestra falta de talento y disfrutamos de nuestra autoindulgencia mientras que destruimos nuestro sentimiento de eficacia y nos perdemos respeto.

¿Qué pasaría si tuviese talento? Qué gran responsabilidad sería para muchos de nosotros.

Para Aristóteles el talento era la manifestación creada por el hábito, por la repetición, dejándole a la naturaleza un papel secundario.

Así, pues, las virtudes no existen en nosotros por la sola acción de la naturaleza, ni tampoco contra las leyes de la misma; sino que la naturaleza nos ha hecho susceptibles de ellas, y el hábito es el que las desenvuelve y las perfecciona en nosotros. […]

 

No adquirimos las virtudes sino después de haberlas previamente practicado.

Con ellas sucede lo que con todas las demás artes; porque en las cosas que no se pueden hacer sino después de haberlas aprendido, no las aprendemos sino practicándolas; y así uno se hace arquitecto, construyendo; se hace músico, componiendo música.

 

De igual modo se hace uno justo, practicando la justicia; sabio, cultivando la sabiduría; valiente, ejercitando el valor.”

 

Ética a Nicómano.

Uno se hace haciendo

Volviendo a nuestros días, esta cuestión cobra si cabe más importancia.

En un mundo cada vez más instantáneo como el de hoy, el hábito y la acción repetida están perdiendo cada vez más adeptos.

La nueva norma es el beneficio instantáneo y automático.

La tecnología ha acelerado todos los procesos de búsqueda de placer, creando seres adictos a la velocidad e incapaces de postergar el placer momentáneo por un bien superior.

Poco o nada ha cambiado sin embargo en 2500 años la naturaleza humana.

En vez de progresar hacia lo humano estamos sucumbiendo ante nuestro propio poder. Estamos aprendiendo a apretar un botón para ser felices.

Quién sabe si dentro de no mucho tiempo habremos creído que el talento se puede comprar en la Apple Store, o que podemos descargar habilidades de internet.

La acción repetida es la madre de toda excelencia. Una verdad tan antigua como el ser humano.

A veces olvidamos que absolutamente todo en la vida tiene un precio, y que el precio de la excelencia es la disciplina.

Algo a simple vista tan obvio y trillado pero en la práctica tan ausente y olvidado.

Lo hemos escuchado tantas veces que lo ignoramos.

Miramos hacia otro lado y buscamos el talento en lo inmediato.

Queremos ser talentosos pero no queremos pagar un precio por ello.

Entonces creemos con más fuerza en nuestra falta de talentos, porque así nos damos permiso para vivir una vida mediocre y sin esfuerzo.

Nos estamos convirtiendo en seres débiles y con un gran talento para el autosabotaje, lo único que practicamos a diario, nuestro mejor hábito.

Los que más, buscamos el chute de motivación que cualquier actividad nueva nos produce al proyectarnos cómo podríamos llegar a ser.

Pero nadie nos lee la letra pequeña. No nos engañemos, no nos gusta el esfuerzo.

Es más fácil creer en que el talento es un don.

El talento no es estático y no nos pertenece.

Es dinámico y empieza a morir cuando deja de crecer. ¿Cómo podría ser entonces un don?

¿Y tú? ¿Tienes talento? O mejor dicho,

¿Te atreves a tener talento, o prefieres creer que no lo tienes para seguir viviendo sin tener que esforzarte? Allá tú.

Por | 2017-05-09T17:56:50+00:00 13 de Marzo de 2017|Carácter, Felicidad, Filosofía, Hábitos, Talento|2 Comentarios

2 Comentarios

  1. Maria 14 de Marzo de 2017 en 11:13- Responder

    Hola Sergio!

    Muy acertado tu articulo. Te felicito!.
    Un abrazo de tu compi de curso 😉

    • Sergio Cuevas 14 de Marzo de 2017 en 11:46- Responder

      Hola María!

      Muchas gracias por tu comentario. Me alegro que te resulte acertado! Nos vemos en el curso a seguir dándole caña a estos temas 😉

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Acerca de Sergio Cuevas

Hola, soy Sergio Cuevas. En este blog comparto contigo todo lo que voy aprendiendo sobre crecimiento personal y toma de conciencia. Espero poder serte útil en algún sentido.