Las prisas no son buenas

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Sergio Cuevas · 2 comentarios
El ser humano puede llegar a dar miedo. Corremos hacia ningún lugar. Huimos de nosotros mismos en todas las direcciones. Nos aterroriza parar y mirar hacia el interior.

¿Cómo estamos? Aprovechando la primavera, la naturaleza y el sol, esta semana he estado reflexionando sobre la prisa que tenemos por vivir. Nos ponemos la soga al cuello para apresurarnos hacia unos ideales que no siempre nos hacen felices.

Este artículo guarda relación con el último que escribí sobre el ego. Es así porque las prisas surgen de la necesidad de caminar hacia unos ideales autoimpuestos. Hacia una historia de ilusiones y divagaciones sobre nuestra persona.

Las prisas no son buenas

Parece que hubiese una fuerza dentro de nosotros que nos empuja a llenar todo nuestro tiempo de actividades.

Nos embutimos en compromisos y quehaceres que en realidad no queremos realizar y después nos saturan y nos roban el tan preciado tiempo.

El día a día en cualquier gran ciudad está marcado por la sobreestimulación y por las prisas. Las personas corren de un sitio a otro.

A Dios lo llaman productividad. El horror vacui está en su punto más álgido de la historia.

Si paramos un segundo nos invade un amargo sentimiento de culpa.

Por una parte nos han vendido que debemos ser productivos, aprovechar nuestro tiempo, luchar cada segundo por lo que queremos, no desperdiciar nuestra vida.

Por otro lado nos dicen que paremos, que descansemos un poco, que nos sentemos a reflexionar. ¿A quién le hacemos caso?

Esta continua contradicción acentúa el sentimiento de culpa cuando paramos.

¿De dónde vienen las prisas?

Desde bien pequeños hemos ido interiorizando lo que nuestro círculo de influencia quería para nosotros. Con suerte lo hemos mezclado con lo que nosotros queríamos. Y a todo esto le hemos añadido lo que la sociedad espera de nosotros.

El resultado: nos hemos creado unas expectativas de nosotros mismos. Unos ideales y metas autoimpuestas que muchos reconocerían como parte de su ego.

Hemos definido cómo deberíamos ser y nuestro cuerpo tiene grabado a fuego el hábito de perseguir estas ideas. No hacerlo genera culpa y ansiedad.

El cuerpo nos pide que luchemos cada minuto por contentar a ese círculo de influencia, a la sociedad y a nosotros mismos. Los límites entre estos tres grupos son muy difusos…

Cuando el cuerpo nos pide pausa nos ataca la realidad. No hay nada más real que la impermanencia. Todo está muriendo y desapareciendo a cada momento.

Parar significa ser consciente de la muerte, de la decadencia. ¿Y quién quiere morir?

No sé si hay vida después de la muerte, pero seguro que la hay durante la muerte.

¿Cómo hemos llegado hasta este punto?

En realidad el cien por cien de la culpa no nos pertenece, pero si el cien por cien de la responsabilidad para salir de esta situación.

La sociedad nos presiona a diario. Nos bombardean desde medios y redes sociales con que debemos perseguir nuestros sueños, luchar por lo que queremos.

Esto está muy bien. Pero curiosamente nuestros sueños y lo queremos también está altamente condicionado por nuestro aprendizaje social y cultural.

Nos han inculcado unos modelos de cómo deberíamos ser. Nos han vendido la moto de en qué consiste la felicidad sin preguntarnos qué nos hace felices.

Menos mal que no han preguntado, porque tampoco nos hemos parado a sentirlo pensarlo.

Quieras o no, tú también llevas dentro de ti de manera inconsciente unos estándares que debes cumplir para contentar a los demás. En ello consiste la felicidad, te han dicho.

Esta programación social está ya en lo más profundo de tu alma. Luchar contra aquellas cosas que no te convenzan no va a ser tan fácil. No todo el mundo está dispuesto a soportar tanta presión.

Tienes que estudiar para tener un buen trabajo. Busca pareja, cásate y ten un par de niños. Se un buen padre o una buena esposa. Es lo que tienes que hacer para ser feliz.”

¿Y si tú quieres coger una mochila y ver el mundo? O pastorear ovejas tranquilamente por el campo?

¡Tempus volat!

¡Pero lo más importante es que tienes que hacerlo para ayer! Ya estás tardando en convertirte en una mejor persona, en más productivo, en más como “Dios manda”.

Pobre de ti si eres tan desadaptado de estar todavía buscando cuando hay X personas que con la mitad de edad que tú ya han conseguido “ser mucho más felices”.

Que irresponsable de tu parte no buscar la seguridad de un trabajo. ¿Por qué no te preparas unas oposiciones?

¿Ya tienes X años y todavía no sabes lo que quieres hacer con tu vida? ¡Qué vergüenza! ¡Qué parásito!

En el espejo verás a tu peor enemigo

Cuando nos creamos y creemos una historia sobre nuestra persona nos creamos unos ideales que debemos alcanzar.

Tu cuerpo se encargará de recordarte tu compromiso contigo mismo igual que te recuerda que tienes que comer. Pero las señales van a ser mucho más desagradables.

No olvides la parte importante: si tú la creas, tú la puedes destruir.

Esa historia y esas metas son como una condena autoimpuesta. Además, si eres perfeccionista estás aún más condenado a la infelicidad.

Entonces se mezclarán las prisas con el ego y el orgullo. No importa qué hagas, querrás ser el mejor en lo que hagas. Ese humano impulso hacia la inmortalidad nos está costando la vida. Y al planeta.

O peor aún, todavía no sabes qué quieres hacer con tu vida. Día a día te machacas a tí mismo para encontrar tu camino.

Acaso no te han dicho otros qué camino sería el más adecuado para ti. ¿Por qué no lo sigues? ¿No será que sientes que no te va a hacer feliz?

Te odias porque crees que no sirves para nada. Te comparas con todas los éxitos visibles que te rodean.

Entonces llega el salvador: el ego. Te creas una historia a duras penas, te autoimpones unos ideales e intentas correr lo más rápido posible hacia ellos. Y vuelta a empezar. ¿Este bucle te resulta familiar?

¿Y que solemos hacer entonces?

Vivir rápido. Probar mil cosas. Llenar nuestro tiempo con todo tipo de actividades que contenten a nuestro ego e ideales. Cualquier cosa que frene la ansiedad y nos dé un poco de sensación de velocidad.

Si conseguimos parar el tren y bajarnos un rato es a costa de consumir drogas, comer como cerdos (con perdón por este bello animal) o apagando la conciencia por otras vías.

Gracias a estas cortas ensoñaciones, cuando el tren se pone de nuevo en marcha y abrimos los ojos, los vagones están hechos un asco.

La pintura se ha despegado de las paredes, los urinarios desprenden un hedor nauseabundo y se han llevado todos los asientos. ¡Es tu único tren…! ¿Qué haces…?

¿Por qué no parar?

No voy a pararme a pensar no vaya a ser que me dé cuenta de que estoy viviendo para cumplir con un ideal que en el fondo, aunque me duele, sé que no me va a hacer feliz.

No te pares ni un segundo a pensar. Pensar es muy peligroso.

Tienes miedo a enfrentarte a tus amigos, a tus padres, a tu familia, a tus profesores, a la sociedad entera que parece estar juzgando todo lo que haces.

Las prisas aumentan y cuanto más te alejas de tus ideales más te come la ansiedad. La ansiedad te desmotiva y te hace dudar más. Las dudas derrumban tus ideales… y vuelta a empezar.

¡STOP!

Ya basta de caminar en círculos clavándote agujas con cada paso que das. Dejemos de correr sin rumbo por las calles.

Está claro que el ser humano contemporáneo huye despavorido de sí mismo.

Tenemos tanto miedo a nuestra propia conciencia que cualquier motivo es bueno para correr. Parar un segundo podría crear el agujero perfecto para que viésemos algo que no queremos ver.

Así que corremos, hacemos, comemos, bebemos…, nos apresuramos hacia la muerte porque la vida nos aterroriza.

¿Por qué haces lo que haces?

Si te paras un momento a buscar el sentido último de todo lo que haces puede ser que te empiece a faltar el oxígeno.

Si nunca te haces estas preguntas es porque o no las necesitas, o las necesitas más que el oxígeno.

Al final todo se reduce a la misma pregunta, ¿para qué la vida?

Lo importante no es encontrar una respuesta definitiva y perfecta, porque no existe (si la tienes comparte por favor).

Lo más útil es que en el proceso de ir profundizando por tu vida hasta llegar a esa pregunta te vas a tener que desprender de muchas capas innecesarias.

Vas a tener que pasar por episodios incómodos que están lastrando tu felicidad como piedras en una mochila.

Permítete desnudarte de falsas identidades. ¿Por qué narices hago esto? ¿Quién he creído ser hasta hoy?

Te vas a tener que desprender de tu historia. De todo lo que has creído hasta ahora sobre ti. Vas a mirar a los ojos a tu esencia y escuchar cómo rugen tus tripas.

Sentirás el frío del vacío. El objetivo es el vacío, la nada.

Estarás llegando al centro cuando no veas salida. Entonces echarás de nuevo la vista hacia el exterior y todo habrá comenzado a cambiar.

La impermanencia

Vivimos rápido porque ansiamos la promesa de la plenitud. Queremos sentirnos llenos cuanto antes. Nos han dicho que es posible.

Queremos llegar antes de que todo cambie. Pero todo cambia siempre antes de que tú llegues. Porque es imposible llegar.

Lo que no te han contado es que esta ilusión de permanencia está detrás de tu sufrimiento.

Vas a correr por conseguir ese trabajo como si fuese una meta alcanzable. Algo que no es estable, no se puede alcanzar.

Cuando alcances el trabajo de tus sueños no podrás dedicarte a otras cosas. Otro gran reto se te presentará entonces delante de tus narices. Bienvenido al mundo de Heráclito.

Cuando crees haber llegado, en ese mismo momento, el río en el que te bañabas ya no será el mismo. La meta que creías agarrar con tus manos ha resultado ser una nube de vapor que se escapa entre tus dedos.

La mejor parte es que tropezar una vez no parece enseñarnos nada.

Rápidamente te impondrás nuevas metas, de nuevo cayendo en la ilusión de la permanencia. Creerás que puedes alcanzarlas y entonces empezar a vivir. Dicen que hay vida antes de la muerte…

Te recuerdo que el tiempo juega en tu contra. Deberás vivir cada vez más deprisa si quieres llegar a tiempo. El problema es que no existe el destino. Me temo que no vas a llegar.

El destino es la muerte

¿Sabías que te vas a morir? El resto es viaje.

Cuando el tren llegue a la próxima estación se encontrará de nuevo en su posición de salida.

El mundo material nos ha enseñado a creer en lo sólido y permanente. Buscamos alcanzar metas tangibles, impermeables y seguras. El problema es que tal cosa no existe. Es una ilusión.

Cuando tu tren pase por “tu destino” habrás cambiado de rumbo. No serás la misma persona. La felicidad que te prometieron era tan sólida como esa nube que se escapaba de tus manos.

Por favor, aprendamos a detenernos. Por el bien de todos.

Detenernos y depurar nuestra alma de ilusiones y expectativas atropelladas. Detenernos y hacer nuestro el trayecto.

Acabemos con la ilusión de permanencia.

No pierdas tu vida en perseguir algo que no te pertenece. Tu vida (lo que haces mientras mueres) te pertenece.

Dejemos de cabalgar con tanta presteza hacia el horizonte. ¡Siento decirte que la Tierra es redonda! No hay salida. Deja libre al maldito caballo, siéntate y disfruta de la puesta de sol.
Por | 2017-05-09T17:53:26+00:00 24 de Abril de 2017|Éxito, Futuro, Metas, Prisa|2 Comentarios

2 Comentarios

  1. Carlos 27 de Abril de 2017 en 19:08- Responder

    Sergio me has echo reír con tu pregunta, ¿Por que no parar?

    Muchas persona no están acostumbradas a pararse a reflexionar, pues pararse a pensar les resulta muy doloroso, les hace ver hacia donde estas van y reconocer que realmente ese camino no les lleva a donde quieren ir. En mis sesiones de coaching me encuentro muy seguido personas que nunca se han tomado unos minutos para saber que es lo que quieren en sus vidas.

    Saludos
    Carlos

    • Sergio Cuevas 27 de Abril de 2017 en 19:19- Responder

      Hola Carlos!

      ¡Al menos he conseguido que te eches unas risas! Jajaja

      Tienes razón. Tú como coach sabes que la toma de conciencia requiere grandes agallas y por eso es un proceso incómodo.

      Para mí es muy incómodo cada vez que tomo conciencia de algo que no había visto antes o que tenía olvidado, pero la diferencia es que al final esa incomodidad se agradece, aunque parezca paradójico.

      Al principio es desagradable y ese malestar es una buena motivación para cambiar. También hay gente que prefiere la evitación, no “ver”, y asi también se libran de los malos sentimientos.

      Pero en general, a pesar de desagradable es útil, ¿qué opinas?

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Acerca de Sergio Cuevas

Hola, soy Sergio Cuevas. En este blog comparto contigo todo lo que voy aprendiendo sobre crecimiento personal y toma de conciencia. Espero poder serte útil en algún sentido.